17 de octubre de 2010

Serena


Sentado en el borde del acantilado, envuelto en brumas, estaba como poseído por la espuma que hacían las olas en su choque con las rocas. 

Los sonidos de las piedras arrastrándose, los bramidos de las olas contra la pared y los bufidos del agua comprimiendo el aire por las cavidades subterráneas; sinfonía estremecedora y misteriosa, parecía que saliese de lo más profundo de la tierra. 

Olor a salitre y algas le penetraban hasta lo más profundo de su ser, para terminar de embriagar sus sentidos.

La últimas espumas perduraban en la superficie del agua, quietud y silencio que pareció eterno… la superficie de la mar en ebullición, se comenzó a dibujar un rostro hermoso y amable al que parecía que se le había añadido un cuerpo grotesco; unas veces era la  “Medusa de las bellas mejillas”, antes de que su encuentro con Poseidón le amargase la existencia; otras, dejaba ver sus hermosos cabellos dorados en lugar de serpientes y escuchaba su hermoso canto.

En cualquier caso no se convirtió  en piedra y tampoco fue devorado. Ni locura ni perdición, la imagen se desvaneció, se rompió la quietud; una ola golpeó con fuerza el acantilado y una gota de agua salada se depositó en sus labios,  beso de despedida de la Serena cantábrica.


"Contémplala: es muy bella, su risa golpea en la costa, toda de iras y espumas. Pero mejor no intentes decirle lo que piensas. Ella está en otro mundo (tú no eres más que un extranjero de sus ojos, de su edad)."  Fayad Jamis

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